Cuento de terror del caldero

Cuento de terror del caldero

Revisando la guía turística de mi ciudad, me percaté que a últimas fechas ha aumentado el número de museos que abordan temáticas esotéricas. Ya sabes, aquellos temas que recurrentemente hacen su aparición en los cuentos de terror.

El folleto decía claramente que en “El museo de los Brujos”, por primera vez se exhibiría el caldero del hechicero Kubú, curandero de una legendaria tribu africana. También se ponía especial énfasis en el hecho de que esa herramienta de metal, no solamente sirvió para llevar a cabo sacrificios humanos, sino que funcionaba perfectamente para hacer pócimas como el elixir de la juventud eterna.

Apunté en mi agenda el día en que se inauguraría dicha exposición y fui de los primeros en llegar. A la entrada no había nadie que cobrara, así que me acerqué a la taquilla y le pregunté a una persona que estaba allí cuál era el monto de la entrada.

– Si usted es estudiante, la entrada es completamente gratuita, siempre y cuando demuestre una credencial vigente. De lo contrario el pase a la exposición tiene un costo de $20. Mencionó el taquillero.

– Hace algunos años que salí del colegio, conjuntamente creo que el costo está bastante bien. Le respondí.

Saqué un par de monedas de mi bolsillo y aquel hombre me dio mi entrada.

Escogí un asiento que estuviera ubicado al frente, con el fin de no perderme el menor detalle. Ahí estuve esperando unos 15 minutos, hasta que un señor con aspecto intelectual tomó el micrófono y comenzó a hablar del caldero de Kubú.

– Esto que ven aquí, es algo único. De acuerdo a varios pergaminos africanos, se les advierte a las personas que no toquen el borde del caldero, sin usar guantes, pues eso puede traer resultados catastróficos.

– ¿Como cuáles? Pregunté.

– Si te lo explico, nos tardaríamos mucho tiempo y seguramente otros tienen preguntas más interesantes. Replicó el exponente.

Para demostrarnos que “la maldición” era mentira, agarró el borde del caldero por ambos lados y a primera instancia no sucedió nada raro. No obstante, luego de unos momentos un fuerte olor a carne quemada llenó la sala.

– ¡Auxilio, auxilio me estoy quemando! ¡Socorro, ayúdenme!

Su cuerpo quedó convertido en cenizas en un santiamén. Sin embargo, su ropa quedó intacta. Lógicamente luego del deceso, las autoridades clausuraron el museo de los Brujos.

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