El monte de las ánimas

El monte de las ánimasEl monte de las ánimas era un lugar temido por la mayoría de aquellos que poblaban los alrededores, se platicaban muchas cosas terribles al respecto, aunque nadie sabía explicar bien a bien, el origen de tales aseveraciones. Pero tenían por demás comprobadas las desapariciones, muertes, y sucesos extraños relacionados con este paraje.

Era como si se tragara a las personas, con intensión de devorarlas y después las escupiera mostrando su desagrado por algún detalle. Encontraban así los cuerpos destrozados sobre la línea imaginaria que habían marcado como frontera, pero dejaban que los animales se hicieran cargo de ellos, pues con el miedo bien infundado hacia este rincón, no permitían si quiera ser alcanzados por la sombra de sus árboles.

Nadie podía entender como llegaban ahí las personas, todos conocían lo terrible del lugar, la mayoría hasta evitaba verlo, en sus cinco sentidos no se acercarían, mucho menos se adentrarían en sus malditas garras, además, cualquiera de los guardias de las múltiples torres podría ver si alguna persona se alejaba.

Todo era en verdad un misterio; la gente vivía cada vez más asustada, antes no habían intentado marcharse, porque aquel pedazo de tierra era su única posesión en la vida, pero en este punto, la vida valía mucho más… la mayoría decidió abandonar el pueblo, llevando tan solo lo que pudiesen cargar. Pero lejos de sus ojos, dentro del lugar que dejaban atrás, un hombre, hincado en un pentagrama, pronunciaba palabras que ninguno pudo haber entendido, ya que no estaban tan instruidos las artes demoniacas, como el hombre que los llevó hasta ahí, buscando su propio beneficio.

Su propio gobernante, aquel que hizo promesas de una vida mejor, tenía un pacto oscuro, en el cual le fue concedida la inmortalidad, a cambio de alimentar a los hijos de demonio. Cada siente días, raptaba a uno de los habitantes del pueblo de distintas formas, y lo conducía hasta el monte de las animas, a través de un túnel en su propia casa. Una vez en el centro del sitio maldito, tocaba un silbato, y una demoniaca criatura ensanchaba una grieta en suelo, para emerger a través de ella. Luego tomaba a la pobre victima en sus manos, y sorbía un poco de su alma. Y así noche tras noche, se llevaba a personas distintas, pero al paso del tiempo el cuerpo se convertía en tan solo un envase, el cual habrían de desechar una vez consumida toda el alma.

Antes de deshacerse del cuerpo, no había razón para impedir que las criaturas del maligno se divirtieran un poco, mordisqueando aquí y allá, despedazándolos todos. En realidad no importaba mucho cuanto pudiera asustar a los pobre humanos, el alcalde siempre traía más, después de todo, llevaba siglos haciéndolo.

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