El viejo columpio

El viejo columpioNo sé si a ustedes les ha pasado, pero hacer un viaje largo por carretera acompañado de un niño de seis años, puede llegar a ser una experiencia alucinante. No solamente porque ellos te cuestionarán mil cosas y cuando tú les des la respuesta te dirán ¿Y por qué?

Lo que trato de decir es que esas charlas son un círculo vicioso que vuelve empezar una y otra vez, si no pones el remedio adecuado.

El caso es que mi mamá me había mandado a recoger a mi primo Paco de su clase de natación.

– ¿Cómo te fue Paquito, te enseñaron a flotar?

– Ya se flotar primo. Mi maestro me está enseñando a nadar sin agarrarme de la orilla.

– ¡Vaya! Eso es muy interesante.

Prendí de radio con la esperanza de que la música lo distrajera, pues no soy un buen conversador. Desafortunadamente, oprimir el botón de búsqueda automática y ningún tipo de música pareció gustarle.

– Primo, mejor apágalo y platícame por favor uno de los cuentos de terror inventados que te sabes. Me dijo.

– No son cuentos, son anécdotas, pero si me detengo a explicarle la diferencia entre las dos cosas, se va a hacer de noche y lo peor es que no me voy a explicar correctamente. Pensé.

Me acabo de acordar de una historia que escuché cuando tenía tu edad. Érase una vez un árbol que se encontraba en el patio trasero de una casa pequeña. Las personas que vivían ahí eran humildes, por lo que no podían comprarles juguetes a sus niños. No obstante, el padre de familia tomó un par de cadenas, un pedazo de tabla y construyó un columpio.

Allí sus niños, en especial su pequeña hija, pasaron horas y horas de diversión. Sin embargo, a los pocos años el papá se fue al cielo.

– ¿Quieres decir que se murió?

– Bueno sí, no me interrumpas por favor, porque se me va el hilo.

– ¡Qué mal! Ese cuento tiene un final triste.

Por el contrario, lo que no te he dicho es que los niños se siguieron subiendo al columpio y este se movía automáticamente, pues el espíritu del padre se había quedado a vivir dentro del árbol.

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